De maasais y esqueletos andantes en Tanzania. Por Nadia Kolotushkina


Muchas de las carreteras en Tanzania son pistas de tierra: caminos casi intransitables que se extienden por todo el territorio y unen los pueblos, las casas... En el norte la sequía los ha teñido de amarillo chillón. Cogemos uno de los desvíos y enseguida nos metemos de lleno en un bache..son tan habituales que el conductor apenas se inmuta. Avanzamos a un ritmo muy lento, mirando por las ventanillas y fijándonos en cada detalle: estamos a punto de comenzar nuestra aventura en un poblado maasai.

Son varios los indicios de que estamos a punto de llegar a nuestro destino: de vez en cuando aparecen hombres muy altos, de color tizón, con muchos collares blancos y apoyados, algunos, en un bastón de madera. Parecen unos silenciosos guardianes de la paz y de la tranquilidad del entorno. La mayoría llevan unos pendientes largos, hechos de cuentas de colores: se ve que por el peso tienen la piel de las orejas completamente perforada..pero, parece, que la belleza lo vale.

Hace un color sofocante y no corre nada de viento..voy medio adormilada en el coche, que me mece al ritmo de los baches cuando de repente me dan ganas de frotarme los ojos: me había parecido ver un esqueleto andante. Me callo, por si acaso, pero voy fijándome en los hombres altos que dejamos a un lado de la carretera. ¡No me lo puedo de creer: otro esqueleto! Bueno..esqueleto completo no...solo una cara muy muy oscura teñida de blanco.. Me giro hacia el guía, que, al ver mi sorpresa, me explica que estamos presenciando uno de los hitos más importantes en la vida de un maasai. Cuando los chavales tienen entre 13 y 18 años, se organiza una fiesta en el poblado que finaliza con el ritual de cientos de años de historia: la circuncisión. Superada la prueba, les tiñen la cara para que todos sepan que ya son varones adultos, que les ha llegado el momento de abandonar sus familias y embarcarse en una aventura. Años atrás el reto comsistía en matar un leon y traerlo como trofeo a la tribu. Pero el paso del tiempo ha hecho cambiar esta tradición.

En Tanzania de ahora, lo habitual es que los jóvenes emprendan un viaje de varios meses para llegar hasta Zanzíbar...un paraíso para los turistas, como nosotros, y una fuente importante de ingresos para ellos. Suelen ganarse la vida haciendo artesanía que los extranjeros, o las extranjeras, compramos con mucho gusto. Aunque a nosotros nos parece increíble,en varios meses acumulan lo suficiente para empezar la vida de adulto en su pueblo natal.

Por fin llegamos a nuestro destino. Vemos varias "bomas", unas parcelas delimitadas por ramas y arbustos.. Dentro de cada una- una o varias pequeñas casa de adobe. Varios niños corretean alrededor. Nos sale a recibir el jefe del poblado, un hombre de unos 75 años, con ojos hinchados y manos grandes. Viste como todos: su única ropa es una tela de color rojo y azul envuelta alrededor de su cuerpo. Nos señala la parcela: "Son mis mujeres, dice, la mayor de mi edad y la más joven ella..." Nos señala a una chica de de apenas 20 años, dando de mamar a un niño recién nacido. Nos explican que el límite del número de mujeres está en poder mantenerlas.. A este jefe de la tribu, a pesar de que a mí me parece feisimo y en absoluto atractivo, le debió de ir muy bien en la vida. Mantiene a, al menos, 7 mujeres.

Atardece y el cielo de tiñe de rojo. Un sonido melódico avisa de que el rebaño de cabras está volviendo a casa. Las pastorean los niños, de entre 5 y 7 años. Se meten todos juntos en la boma, donde ya arden enormes fuegos y donde hierven algo parecido a una sopa. Cenan y se acomodan entre las cabras. Les toca descansar..solo les quedan las horas que faltan para que amanezca.

Nosotros ponemos nuestra tienda y unos chavales nos traen una cabra..será nuestra cena. Yo no puedo evitar mirarla a los ojos. Intento protestar, pero nadie me hace caso..hoy somos sus invitados y en apenas 30 minutos lo que era una cabra, se convierte en unos trozos de carne que están tostándose a las brasas. Por mucho que me pese..he de reconocer que la cabra está riquísima.. Los maasais pierden todo el interés en nuestra presencia y charlan entre ellos. Yo me retiro a la tienda de campaña..De camino, veo el cielo lleno de estrellas..algo habitual en África y algo a lo que yo no me termino de acostumbrar.

La noche es todo sonidos: masaais que hablan en voz baja mientras vigilan el poblado, cabras que buscan su hueco en medio de las bomas..algo de viento que agita nerviosamente los arbustos que hay alrededor. Me cuesta dormirme: voy pensando en ese abismo tan grande que hay entre nosotros y las personas de la tribu. Viven con lo que tienen, con lo básico, se conforman con tener un sitio para dormir y unas cabras que llevarse a la boca al anochecer. E, inevitablemente, me pregunto: no seremos nosotros los raros? Ellos son felices..nosotros muchas veces andamos en busca de bienes materiales tan inncesarios. Quizá no estaría de más hacer un esfuerzo y desprenderse de ciertas comodidades..aunque sea por probar. Por contribuir a un planeta un poco mas sostenible, en el que, de momento, el lugar de nacimiento determina el reparto de los bienes, pero, y menos mal, no el de la felicidad.

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